“Al meu país la pluja… i el fang”

“Al meu país la pluja… i el fang”

“Al meu país la pluja… i el fang”

Autor: Luis Zurano – Coordinador de la UCC de la Politécnica de Valencia

Son las 7 de la mañana. Suena de nuevo el despertador. Las primeras horas no cambian, o quizá sí. Después de preparar el desayuno y almuerzo para el pequeño de la casa, miro el móvil y veo que hay alguna que otra notificación pendiente de atender. Los medios de comunicación e información -los de desinformación mejor que se pudran- nos siguen pidiendo voces expertas para tratar de abordar las múltiples aristas -muchas de ellas, afiladas- que tiene esta catástrofe que estamos viviendo.

Gestionamos las que podemos y media hora más tarde, el pequeño de la casa ya está en el colegio. Con la bici, paso de largo por el campus de Tarongers; el bullicio de otras semanas no existe; está a unos cuantos kilómetros de las aulas universitarias. Kilómetros que voy recorriendo sobre esas dos ruedas que se han convertido estos días en mi aliado perfecto para llegar al fango y en testigo directo de que aquella generación bautizada como de cristal por algún lumbrera, más bien lo es de hierro; decían de ellos y ellas que eran egoístas. A estas alturas ya no descubro nada, pero qué duras son las hemerotecas. Voy acercándome a Paiporta y los lindes de la carretera están llenos cada día de jóvenes cargados con todo lo que pueden -y algo que no se ve, su compromiso por tratar de sacar esto adelante, porque “al meu país la pluja… i el fang els llevem nosaltres”. Gràcies.


Vuelvo a mirar el móvil hasta llegar a casa de mi hermano, gestionamos más peticiones de medios de comunicación: investigadores e investigadoras de nuestra universidad aportan todo su conocimiento cada día al servicio de la comunicación y la información; su papel es importantísimo siempre, pero ahora, como ya ocurriera hace cuatro años, con la pandemia, todavía más. Para desinformar y meter mierda -mediática e inhumana- ya están otros, doctorados en bulos, fango y misterios. Antes de seguir con este texto, a medio camino entre la reflexión, la opinión y también el desahogo, hago una pausa para escribir una palabra: gracias a todos y todas las compañeras de la UPV y de otras tantas universidades que estos días han estado al pie del cañón ofreciendo su conocimiento científico para tratar de explicar esta desgracia… y aportar propuestas científicas para que no vuelva a ocurrir. Y otras tantas y más a todos los medios que han recogido y siguen recogiendo cada una de sus voces; y todavía más a los compañeros y compañeras que estos días cubren esta desgracia.


Pero si hablamos de dar las gracias, vuelvo a esa generación de hierro. Estos días se han hecho kilómetros y kilómetros para llegar a los pueblos afectados por la DANA. Mientras recogíamos mierda, muebles, barro, haciendo una de esas cadenas humanas que estos días unían nuestras calles, una de estas jóvenes me cuenta que viene desde Port Saplaya caminando; es estudiante de un máster en la UPV -me dijo cuál, pero no me acuerdo. “He llegado aquí a las 10 y mucho más tarde de las 16.30 no me puedo ir, porque ya no habrá luz. Pero esto hay que sacarlo adelante”, me dice mientras levantamos la vista y vemos que la pila de muebles amontonados en medio de la calle y que vamos llevando a un solar que hace las veces de improvisado “almacén” va menguando. “Esperemos que no tarde mucho en llegar la pala y llevarse todo lo que va quedando”, me dice (y al décimo segundo, pasó).


¿De cristal?


Y me vais a permitir que me detenga aquí. En los ejemplos de tantos y tantos jóvenes que durante estos días han dado una lección a todo el país. Nuria, Pablo, Andrés, Cris, Amparo, Irene, Álex, María, Teresa… Son solo algunos de los nombres de jóvenes con los que estos días he compartido cadenas, brazos para levantar los capazos de barro y también alguna que otra reflexión. “Esto está generando un cansancio en toda la gente joven ya que estamos viendo que no avanza tan rápido como nos gustaría realmente pero no nos impide el ir a ayudar el día siguiente. Intentamos afrontarlo de la mejor manera posible, aunque hay muchos amigos y conocidos que se han visto afectados por esta Dana. Tengo sentimientos encontrados. Impotencia. Rabia. Asombro. Unión. Solidaridad”, me dice Cris, estudiante de la UPV.


Con quien hablo ahora se llama María, estudiante de la UCV. “Debido a mis problemas de espalda y respiratorios, no he podido acudir a los pueblos a limpiar, pero sí que he podido contribuir distribuyendo medicación necesaria a distintas personas, ya haya sido medicación básica como recetada. Además, he podido dar apoyo psicológico, no como psicóloga sino como estudiante de esta carrera, ya que una de las clínicas que ofrecía este apoyo de forma gratuita, me paso el contacto de algún afectado para que pudiera ayudarle. También he estado organizando ropa y alimentos en mi parroquia, para luego poder acercarlo a los pueblos. Y he contribuido en el casal de una amiga mía, en el que han organizado una recogida y donación de material o herramientas (mascarillas, guantes, botas, zapatillas, linternas, gel hidroalcohólico, palas, escobas, haraganes…) para los voluntarios que acudan a los pueblos, para que vayan bien equipados y puedan dar parte de todo esto a las familias.


“Siento que hay muchas cosas mal organizadas, ha sido una catástrofe sin precedentes y se presiente que nuestros pueblos tardarán algún tiempo en recuperarse. Están siendo días de cansancio, de esfuerzo y de mucho, mucho barro. Sin embargo, poder aportar por poco que sea al clima de trabajo y esperanza que se palpa en las calles, en Paiporta, lo vale todo”, asegura Pablo, estudiante de la UV. A su lado, una compañera a la que le llaman Teresa incide en la fuerza de su generación, la de hierro. “Lo que más me ha impresionado es la solidaridad de todo el mundo. Yo no compro lo que necesito, sino lo que le hace falta al otro y a mí me dan lo que necesito. Y cómo se ha volcado la juventud”.


Son solo cuatro ejemplos de los miles -y esto ya sabemos que no es ninguna exageración- que podría haber escrito. Se ha acabado la hora de comer y hay que volver a sacar barro, muebles, hacer cadenas… Veo el reloj y pasan unos minutos de las cinco de la tarde. Es hora de volver por donde he venido; con la bici y la ropa llenas de barro, volvemos hacia Valencia. Antes de llegar a casa, visita obligada por la gasolinera, por las mangueras de los lavados a presión, punto de reunión estas tardes noches de tantos y tantos vecinos y vecinas de Valencia. Allí también compartimos algunos momentos, algunas reflexiones -una de mis compañeras de bici me cuenta el saqueo que está habiendo en casas afectadas por la DANA. La miseria humana en su máximo esplendor. Pero volvemos a hablar de lo positivo, de lo que se ha avanzado ya, de arrimar el hombro. Dos euros después, nuestras bicis están limpias, hasta mañana. Que será otro día. Igual.


La rutina es la misma. Despertador, bocadillo del peque, colegio, alguna que otra gestión y rumbo hacia Paiporta. Hoy llego a otra casa; llena de fango, muebles, ropa y hasta un limonero que no sabe muy bien qué está pasando allí… Los capazos pesan cada vez más, en sentido literal. Mientras cargo uno de ellos, al lado aparecen unas fotos antiguas. Las coge Carlos, quien me dice que son de los pocos recuerdos que le quedan de su abuelo. Se dispone a tirarlas en ese mismo capazo; no pesan mucho físicamente, emocionalmente ya es otra cosa. Le digo que no las tire y, con su permiso, me las quedo para acercarlas hasta Bellas Artes. Le explico los trabajos que están haciendo varias compañeras y compañeros para evitar que el barro sepulte la memoria. Le volveré a ver, con sus recuerdos recuperados. Me da su móvil y seguimos limpiando. Sigue la rutina. Y así seguirá los próximos días.


Ahora, mientras llego a las últimas líneas de este texto, la rutina cambia. Son las 8.00 del lunes 11 de noviembre. Despierto al peque. Bocadillo. Colegio. Y vuelta… a la universidad. Mi primera parada será para hablar con Esther. Le daré las fotos de Carlos. Y seguiremos arrimando el hombro. Cada uno, cada una. Como podemos. A todos. A todas. Gracias. Al meu país la pluja… i el fang els llevem entre tots i totes.

“Al meu país la pluja… i el fang”
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“Al meu país la pluja… i el fang”
“Al meu país la pluja… i el fang”

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