Por Marcos Pérez Maldonado, director de los Museos Científicos Coruñeses
El 18 de mayo se celebra el ‘Día Internacional de los Museos’, este año bajo el lema “museos uniendo un mundo dividido”.
Los museos son instituciones con historia. Nacen de la curiosidad y la avidez de ricos coleccionistas. Después alcanzan su plenitud como instrumentos para proyectar la grandeza y el poder de las potencias coloniales. Hoy se mantienen en la encrucijada del servicio a la comunidad local, la plataforma educativa y el recurso turístico. Grandes o pequeños, ricos o pobres, deseados u olvidados… todos comparten la paradoja de ser de otro tiempo pero estar en este. Como nos recordó Ricardo Rubiales en la última reunión de la Asociación Española de Museos de Ciencia y Tecnología, los museos son instituciones de los siglos XVIII y XIX en las que trabajan profesionales del siglo XX atendiendo a audiencias del siglo XXI.
Los museos tienen su propio tempo. Y es lento. Desde que surge una idea hasta que se materializa en una exposición suelen pasar meses o años. Comparado con el frenesí de cualquier otro medio de comunicación —que son como flores de un día—, los museos son como los árboles. Alguno, casi como las montañas. En contraste a su parsimonioso ritmo institucional, la vida del museo es vibrante, porque como apunta John Falk en ‘The Value of Museums’, elvalor de los museos no está solo en sus colecciones o edificios, sino en las experiencias que en ellos viven quienes los visitan.
Un ejemplo. Rubiales dirige el Museo de la Luz en Mérida (México), una de cuyas primeras exposiciones se titulaba “Diálogos en la oscuridad”. En ella se invitaba al público a avanzar a ciegas por una recreación de diversos lugares de la ciudad, con la única ayuda de un bastón y la mano amiga de personas invidentes. En esta exposición la experiencia museográfica se despliega en los sonidos y los olores del mercado o el tacto de los objetos que se descubren con los dedos. Pero también en el inevitable sentimiento de respeto y admiración por quienes son capaces de moverse con soltura por un mundo sin luz. La experiencia del museo alimenta recuerdos imborrables, por más que en ocasiones no vayan acompañados de ninguna imagen.
Los museos tienen además su propio lenguaje. La ciencia se manifiesta con teorías, ecuaciones, datos y enunciados unívocos que aspiran a lo universal y lo objetivo: todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del fluido que desaloja. En el otro extremo de la cancha, la poesía recurre a metáforas y otras figuras del lenguaje para dar forma a lo subjetivo y lo ambiguo que caracteriza nuestra percepción del mundo: las montañas hablan por la boca de las flores.
A mitad de camino entre ambos, pero con muchos elementos singulares, surge el lenguaje museográfico, cuyo objetivo hoy no sería tanto transmitir conocimiento o inducir emociones como canalizar experiencias que nos enriquecen porque (esto también lo dice Falk) nos hacen sentir más cultos, más felices y socialmente más conectados. La visita al museo tiene una dimensión cognitiva, pero también una dimensión social y de cambio personal.
A pesar de su lenguaje específico y de su tempo vital desligado de las urgencias del presente, los museos son sensibles a lo que ocurre a su alrededor. Es más, dejar que las conversaciones del entorno entren en el museo es la mejor estrategia para garantizar su futuro. ¿Cultura accesible? Ay del museo que no sea sensible a la diversidad de circunstancias físicas, cognitivas y socioeconómicas de su público potencial. ¿Cultura inclusiva? Pobre el museo que no fomente la participación y el sentido de pertenencia ignorando las necesidades de quienes ni siquiera los visitan.
Como las flores, los árboles o incluso las montañas, los museos también necesitan arraigar en el sustrato, en este caso social, que los acoge y los hace posibles. En el mejor de los casos, están abiertos a colaborar con otros agentes que quieran desarrollar en ellos sus propios proyectos culturales. Trabajos de investigación, intervenciones sobre las colecciones, festivales de música, talleres, representaciones de fin de curso… hay mil fórmulas por las que estas colaboraciones pueden convertir el museo presente en un museo socialmente necesario.
La división del mundo a la que hace referencia el lema del Día Internacional de los Museos es una construcción ideológica a beneficio de unos pocos que se alimenta de nuestra ignorancia, nuestros prejuicios y nuestra desconfianza hacia lo que sentimos como ajeno. Algunos museos anclados en el pasado contribuyen a esa división.
Pero como cuenta Clémentine Deliss en El Museo Metabólico (Caniche, 2023), hasta el más recalcitrante depósito de objetos exóticos organizados según la lógica colonial puede abrirse a la discusión pública sobre el origen de sus piezas y el sentido de sus explicaciones. Bajo su dirección, el Weltkulturen Museum de Frankfurt se convirtió en un laboratorio participativo empeñado en iluminar las sombras de su historia y dar sentido a su colección desde una lógica contemporánea.
Así que cualquier museo que nos ayude a interpretar la diversidad de las manifestaciones humanas y nos proporcione espacios para reflexionar en común puede convertirse en un instrumento privilegiado para tejer las uniones que nos ayuden a sortear los riesgos del tiempo presente.

