Autor: Daniel Pellicer Roig
Cuando el pasado día 19 de junio nos ofrecieron la oportunidad de visitar el Instituto universitario de Investigación en Ingeniería de Aragón (I3A) no sabía muy bien qué esperarme. Al contrario que muchos de los otros miembros de la AEC2 no soy periodista de formación, si no que provengo, precisamente, del mundo científico. Por tanto, mientras cruzaba aquellas puertas de cristal, acongojado por lo nuevo de la situación, me dije a mi mismo que intentaría no hacer mucho ruido y, sobre todo, no molestar. No voy a negarlo, esto de entrar a un laboratorio desde «el otro lado» era una experiencia extrañísima.
Ahora bien, la autopromesa se rompió más o menos a los 5 minutos, y quiero echar las culpas a la fantástica acogida que tuvimos por parte del centro y por la organización, así como al resto de compañeras y compañeros que acudieron.
Mientras llegaba la gente y, entre bollos y café (bendito néctar), pudimos conocer a varios integrantes de los grupos de investigación que se habían ofrecido a presentarnos y explicarnos, voluntariamente, sus proyectos. Una vez todos reunidos, el director del centro Jesús Arauzo tomó la palabra para explicarnos, en datos, I3A, antes de marchar a otro evento que tenía programado y dejarnos con los investigadores.
A partir de aquí, la mano comenzó a trabajar y ya no paró hasta que los 17 investigadores acabaron de contarnos sus líneas de investigación. Durante el transcurso de las charlas y, sin apenas darme cuenta, aparecieron 18 páginas de apuntes con notas, datos y distintos inicios de historias de interés que, en un futuro, se convertirán en artículos. Lo mejor de las exposiciones no fueron los proyectos en sí (no se me malinterprete, eran espectaculares) si no que, en una pequeña charla de 5 minutos, todos los ponentes consiguieron transmitir la pasión sentían por la investigación. Y creo que necesitaba esto.

Desde que tengo la enorme suerte de dedicarme a la comunicación, me he dado cuenta que, en demasiadas ocasiones, nos quedamos leyendo papers y más papers encerrados en nuestras pequeñas cuevas. Por supuesto, al final nos dedicamos a esto, ¿verdad? A masticar el contenido científico más duro para hacerlo accesible a todas las personas. Por ello, hemos tenido que convertirnos en aprendices de todo y, en muchas ocasiones en maestros (con todo el respeto que se merece esta palabra) en unas horas sobre temas muy concretos y complejos para poder llegar a las fechas de entrega.
Aunque tanto leer y releer es un arma de doble filo. Al final, cuando estudiamos un paper no podemos conocer las motivaciones que hay detrás. De hecho, en demasiadas ocasiones ni siquiera nos fijamos en los autores o en los centros donde investigan, vamos a los datos, que son los que contienen el jugo del artículo. Pero las buenas historias tienen razones de ser, tienen dificultades y, sobre todo, tienen personas que luchan contra viento y marea para hacer avanzar el conocimiento. Y esto es imposible verlo nuestra cueva. Por ello, poder salir, ver el sol, tocar hierba y entrar a este instituto ha sido tan enriquecedor, porque al fin les ponemos cara a las personas detrás de los papers.
Tras las presentaciones y un último donut rápido comenzamos la excursión por los laboratorios. Nos abrieron las puertas de todo el centro y vimos láseres, baterías de vehículos eléctricos, robots, fábricas biodiesel e investigaciones en vitrocerámicas. Durante esta visita pudimos preguntar mucho y toquetear poco (menos mal) y nos presentaron a todavía más investigadores de todas las edades.
Al final del tour, ya llevábamos unas 4 horas y media en total en el centro y, todo sea dicho, el hambre apretaba. Durante la comida, nos reunimos con algunos de los investigadores y fue en este ambiente, distendido y tranquilo, en el que se forjaron algunas de las mejores historias. Compartimos las dificultades de nuestros trabajos, lo que cuesta sacar algunos proyectos adelante y, como, ciencia y periodismo han de ir cogidas de la mano. Es decir, solucionamos el mundo varias veces. Y fue un broche fantástico para la jornada.
Tras la visita, de vuelta en casa, me traigo un cuaderno lleno y muchas entradas nuevas en el bloc de contactos. Aunque, sobre todo, me traigo la mochila llena de ganas de escribir, de indagar en lo que hay detrás de los datos y de conocer a gente apasionada por sus proyectos científicos.
Con todo esto dicho, me gustaría de nuevo agradecer la fantástica acogida por el centro, así como a la organización por conseguir mostrar, de forma tan amena, todos los entresijos de un centro como el I3A. ¡Allí estaré en la próxima!







Un comentario
Gracias por compartir esta gran experiencia. 🙂