Por Antonio Calvo Roy
No hay mucha literatura que una la ciencia y la memoria democrática, es decir, que nos cuente, sin ser un ensayo, las peripecias de personas del mundo de la ciencia a las que la dictadura represaliara con alguna de las múltiples variantes posibles, del fusilamiento al exilio, interior o exterior. Por eso es una buena noticia la publicación de ‘Ingrata patria mía’, de Martí Domínguez, la historia novelada de las últimas horas de Joan Baptiste Peset, profesor de medicina y rector de la Universidad de Valencia durante la segunda república.
La novela nos muestra a Peset, la cuarta generación de médicos ilustres de una larga saga que aún continúa, a través de muchas personas de su entorno en las última horas. Los otros tres presos fusilados al mismo tiempo, el teniente médico y alumno suyo que hubo de certificar la muerte y que ayudó a que el cadáver no fuera a la fosa común en connivencia con el enterrador, otra de las figuras de este coro, la mujer de Peset, Ana Llorca Cubells, de Acción Católica y aún así, los curas de la cárcel, el director, el teniente coronel que presidió el tribunal que le juzgó… Muchas voces que ofrecen una visión completa de este médico y del entorno brutal de las sacas, la manera en que se elegían los presos para ser fusilados.

Entre todas la voces destaca, claro, la del propio Peset, contando lo que ve, lo que siente, sus relaciones con el mundo en las últimas horas y lo que le ha llevado hasta allí, su comportamiento honrado y preocupado por sus semejantes. Joan Baptiste Peset, alumno brillante que a los 23 años era ya doctor en medicina, en química y en derecho y había obtenido la cátedra de Medicina Legal y Toxicología en Sevilla, era, también por tradición familiar, un burgués con clara conciencia social.
Eso le llevó a militar en Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña, por el que fue diputado en las últimas Cortes republicanas. Uno de los terribles cargos contra él era, precisamente, haber asistido a un mitín de Azaña y haberle paseado después en su coche, un Chrysler Imperial descapotable, por la ciudad. Peset pudo haber salido de España en varias ocasiones, una de ellas, precisamente, en la última reunión de las Cortes republicanas, en Figueras, en febrero de 1939, pero decidió volver para estar con los suyos y en su tierra. No tener delitos de sangre era, en su ingenuidad, una garantía de no ser fusilable.
De lectura apasionante y difícil de abandonar, muy bien documentado sin que eso pese, los breves capítulos, cada uno de ellos el relato en primera persona de quienes forman el coro, presenta los distintos puntos de vista con notable honradez, de manera que las razones de cada uno para hacer lo que hace quedan patentes. Algunas de ellas, claro, vistas hoy resultan abominables, porque solo razonamientos abominables y sostenidos con enorme convicción son capaces de justificar semejantes tropelías.
Peset fue sometido a dos consejos de guerra; del primero resultó una condena benévola de 30 años y un día que, debido a las protestas de compañeros de Peset en la facultad —puntualmente citados en el libro de Domínguez: que se sepa— fue revisada al añadir la terrible prueba de un discurso, ya durante la guerra, defendiendo la legalidad de la República. En este segundo consejo fue condenado a muerte, así que fue fusilado el 24 de mayo de 1941, dos años después de haber acabado la guerra.
Martí Domínguez, el autor, es colega nuestro, periodista científico y profesor de periodismo en la Universidad de Valencia, la de Peset, colaborador de diversos medios y director de la revista Mètode, además de ensayista sobre cuestiones de ciencia y novelista con diversos premios en su haber por novelas en las que la ciencia también juega un papel importante. Con esta novela sobre Peset Domínguez ayuda a desecar una de las enormes y numerosas lagunas que pueblan nuestra cultura, agujeros de conocimiento que es preciso rellenar. Saber quiénes fueron y qué hicieron estas personas del mundo del conocimiento científico aniquiladas por el franquismo es una deuda que tenemos todos, pero especialmente quienes nos dedicamos al periodismo científico y a la divulgación de la ciencia.
Una buena noticia

Que el CSIC esté ahora investigando institucionalmente en su pasado —muchos y muchas investigadoras llevan años haciéndolo—, en su construcción no sobre los cimientos sino sobre las ruinas de la Junta para la Ampliación Estudios, ruinas cuidadosamente generadas por sus jerarcas, es una buena noticia. Pero habría que acelerar. Ahí está todavía, para vergüenza general, la iglesia del Espíritu Santo, construida en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes, todavía, insisto, lugar de culto en la calle Serrano, 125, y gestionada para mas inri por el Opus Dei, precisamente la orden de Jose María Albareda, uno de los dinamitadores de la JAE. Para más detalles, incluido el proyecto de esta reconversión por el arquitecto, también del Opus, Miguel Fisac, visítese la estupenda exposición inaugurada hace poco en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, ‘Intolerancia, España en una Europa convulsa, 1914-1945’, que recoge los impresionantes fondos de la colección de José María Castañé y que se puede visitar hasta abril de 2026. Es, ay, tremendamente actual.
Sea bienvenida esta estupenda novela de Martí Domínguez sobre Peset, uno de los tres rectores de universidad fusilados por el franquismo, aunque los otros dos lo fueron durante la guerra, no a sangre tan fría: el de Granada, Salvador Vila Hernández, en octubre de 1936; y el de la Universidad de Oviedo, hijo del novelista Clarín, Leopoldo García-Alas García-Argüelles, en febrero de 1937. Ya se sabe que entre los fusilados —y en ese grupo, entre los investigadores notables, hay que añadir a Sadí de Buen, fusilado en Córdoba en septiembre de 1936— y los exiliados se produjo “el atroz desmoche”, en palabras de Laín Entralgo, la pérdida por muerte, exilio o depuración de miles de profesores universitarios. Laín, por cierto, también aparece en el libro de Domínguez porque había sido discípulo de Peset y fue uno de los entonces falangistas que no hizo nada en su favor, como López Ibor, Vallejo-Nájera y, los principales instigadores del proceso, Francisco Marco Merenciano y José Roca Meca.
Martí Domínguez supone estas reflexiones a Peset cuando, ya en el camión, se dirige a Paterna, al lugar del fusilamiento: “Nadie me recordará, nadie sabrá nada de mí. A nadie le importará. Solo se recuerda lo que cuentan los vencedores. Los vencidos no tienen historia. Los vencidos escriben la cara oculta de la historia. La que nadie ve nunca”. Este libro sirve, precisamente, para que esa historia se vea, se conozca, se aprecie. La dignidad de Peset y la indignidad de sus verdugos y de sus delatores es la cara oculta que tenemos que descubrir, la historia de tantas personas del mundo de la ciencia olvidadas en un clamoroso silencio que es preciso romper.

