DoCiencia a Presión

DoCiencia a Presión

Producir o perecer: Ciencia a presión. Así se titulaba la jornada que el pasado 31 de marzo organizó en Bilbao la Asociación Española de Comunicación Científica (AECC) y la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Como asistente a dicho evento, desde la AECC me pidieron una pequeña crónica. Afortunadamente para los lectores de este blog fue Inmaculada León Cobos quien se encargó de ello y tan bien lo resumió aquí.

Por mi parte, debido a obligaciones docentes, solo pude asistir a tres de las últimas charlas. Fue breve pero intenso. Joaquín Sevilla hizo que me plantease dónde se encuentra el límite del fraude científico, algo que casi todo investigador se ha cuestionado pero que, cuando te lo dicen así, a la cara, impacta más. Eva Méndez nos habló del pleonasmo (bonita palabra) que supone el término Open Science ya que, según ella, la ciencia es abierta o no es ciencia. Por último, Ángela Bernardo (Hipertextual) nos ofreció una interesantísima charla sobre periodismo científico, eso sí, con unas cifras un tanto deprimentes sobre la percepción social de la ciencia (última encuesta del FECYT). ¡Queda trabajo por hacer!

Y, si todo esto ya os lo habían contado, ¿qué hago yo malgastando vuestro precioso tiempo? Pues la verdad es que quería aprovechar la invitación de la AECC para expresar mi punto de vista sobre el controvertido tema de las publicaciones científicas. No voy a redundar en asuntos como el autoplagio o el uso de la “mínima unidad publicable” en los que en ocasiones deriva la presión por publicar. En realidad, como profesor universitario en sus primeros años de carrera profesional, me gustaría hacer una reflexión sobre el efecto que puede tener esta presión en la docencia universitaria. Vaya por delante que se trata de una opinión  personal y, por lo tanto, habrá quien no comparta estas ideas. En tal caso espero que, al menos, estas líneas inciten a un siempre enriquecedor debate.

Empiezo aclarando que el trabajo de un profesor de universidad no se limita a dar clases. Entre nuestras funciones se encuentran la labor investigadora y la gestión académica. Por otra parte, también hay quienes se dedican a la divulgación científica. Así que, por mucho que se diga, cuando el alumnado no tiene clases no estamos de vacaciones. De hecho, como muchos de los mortales, tenemos un mes de vacaciones (si no hay que invertirlo en preparar algún proyecto, escribir algún paper, etc.).

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Ventajas del mundo académico: ¡Puedes trabajar cuando quieras! ¡Todos los días son sábado! Desventajas del mundo académico: Trabajas los sábados. Viñeta de Jorge Cham. Fuente: PhDComics

La dicotomía docencia/investigación se ve reflejada a la hora de evaluar nuestro currículo, donde ambos aspectos tienen un peso similar. Y es ahí donde comienzan los problemas. Por lo general, la docencia se valora por el número de créditos impartidos, digamos que “al peso”. Bien es cierto que se realizan encuestas al alumnado para que nos evalúen pero, hasta donde yo sé, todavía no tienen un peso significativo (quizás no sean el sistema de ideal, pero es de los pocos mecanismos que tienen los estudiantes para expresar su opinión sobre cómo les enseñan). Por otro lado, la investigación se valora mayormente mediante las publicaciones científicas. Sin meterme en si ese método es justo o no y dejando de lado las discusiones sobre cuartiles, número de coautores e ingeniería curricular sobre las que ya se han vertido ríos de tinta, me centraré en el efecto que ese sistema puede tener en la labor docente.

Está claro que para mejorar nuestros currículos tenemos que publicar, y más ahora que la ANECA ha endurecido los criterios para lograr evaluaciones positivas en las acreditaciones. Publish or Perish. Así, si una de las dos partes de nuestra actividad profesional nos exige un sobresfuerzo y los días siguen teniendo 24 horas, ¿no es posible que la otra se resienta? Más si sabes que la evaluación de esa otra faceta se hace en función de cuantas clases des, no de cómo las des. Por lo tanto, llegamos a la paradójica situación en la que las exigencias investigadoras, que a priori deberían repercutir positivamente en la enseñanza, pueden tener el efecto contrario. Porque no olvidemos que el principal objetivo de un profesor universitario debería ser impartir de la mejor manera posible el conocimiento al alumnado (digo yo).

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Seguramente era consciente cuando aceptó el puesto, profesor, que se trataba de publicar (las cosas adecuadas) o perecer. Viñeta de Nick Downes Fuente: Big Science (via Adventist Perspective)

Dicho esto, que nadie piense que quiero relegar la investigación a un segundo plano. No en vano formamos parte del Personal Docente Investigador y es innegable que, en el ámbito científico especialmente, los profesores tenemos que tener experiencia investigadora y conocer los últimos avances en nuestra área. Sin esos conocimientos sería imposible ejercer nuestra labor educativa en muchas de las asignaturas que impartimos.

Y, sin embargo, también me gustaría realizar una pequeña reflexión sobre este punto (y con esto acabo). El hecho de que los docentes tengamos esa bicefalia profesor/investigador nos empuja en ocasiones a creer que estamos formando exclusivamente investigadores. Y eso no es así. Hasta donde yo sé, la gente que entra en la Facultad de Ciencias lo hace para convertirse en biólogos, geólogos, químicos, físicos, etc. (y biólogas, geólogas, químicas, físicas, etc. por supuesto). Habrá quien después dedique su labor profesional a la investigación y habrá quien la dedique a la educación, a un trabajo de rutina en una empresa o, incluso, a la comunicación científica. Por lo tanto, un sistema en el que se impulse tanto la productividad científica corre el riesgo de que aspectos formativos ajenos a la investigación propiamente dicha sean subestimados.

Toda universidad desea en sus plantillas a docentes con cientos de publicaciones en revistas de alto impacto. Ahora bien, hay que estudiar hasta dónde se elevan esas exigencias sin olvidar cual es la principal función del profesorado universitario.

 

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