Por Pampa García Molina
El pasado jueves 6 de febrero se presentó el nuevo informe Científicas en Cifras 2025. Es un documento que se utiliza de manera recurrente tanto en la literatura científica como en periodismo porque está plagado de datos indispensables para entender la situación de las mujeres en el sistema de I+D de España. Además, la serie estadística —ya van por la octava— sirve para llevar a cabo el seguimiento de las medidas que se han ido aplicando en las últimas décadas para tratar de aplanar ese gráfico de tijeras que no se cierra, o para conseguir medidas de conciliación que hagan de la ciencia un trabajo más justo. En las encuestas se entrevistó a 2.465 personas del sector para conocer su percepción sobre la equidad de género en sus centros.
Algunos de los datos que a mí me han llamado más la atención:
- La media de investigadoras en España se sitúa en el 39,6%, apenas un punto porcentual más que en 2014.
- En la Administración Pública hay un 50,5% de investigadoras, frente al 31,2% del sector empresarial.
- La integración de la perspectiva de género en la investigación alcanza un 79,5% en las universidades públicas frente al 4% en las privadas.
- La representación de mujeres en puestos de liderazgo ha mejorado ligeramente: del 22% de rectoras en 2018 al 27% en 2023. También hay más proporción de catedráticas y de profesoras de investigación en Organismos Públicos de Investigación (OPIs) que hace diez años.
Una novedad interesante es que no solo se ha realizado un estudio cuantitativo, sino, por primera vez, uno sobre percepciones con encuestas y siete grupos focales, en los que se han escuchado y después analizado las experiencias de la comunidad investigadora. Y es en este análisis donde se extrae información muy relevante sobre las diferencias de percepciones entre mujeres y hombres.
Por ejemplo, cuando se les pregunta por las medidas de conciliación entre la vida laboral y personal, las mujeres las valoran mucho peor que los hombres, con grandes diferencias en su satisfacción con el teletrabajo, la flexibilidad horaria y el derecho a la desconexión digital.

Ellas también perciben más dificultades que ellos en el acceso a oportunidades para promocionar a igualdad de méritos. Este gráfico 6.9 es jugoso.

Son curvas de densidad, en las que el área total de cada color suma el 100% de las respuestas de cada género, y reflejan el reparto de la opinión de hombres y de mujeres. Llama la atención el pico tan pronunciado de la distribución de mujeres que se sienten en desventaja total para acceder a puestos importantes. Ellos, sin embargo, tienen una distribución de respuestas más suave. Los hay que sí ven a sus compañeras perjudicadas en mayor o menor medida, pero también existen científicos que piensan que son ellos los perjudicados. Durante la presentación del informe esta gráfica generó un murmullo de risas porque a veces reírse es lo mejor que se puede hacer cuando algo no tiene mucha gracia.
Si nos metemos en cómo ven unos y otras el acoso sexual y por razón de género, ahí es donde las diferencias de percepción, como dijo la estadística Anabel Forte en la mesa redonda, revelan que “hace falta una operación de cataratas”.
Primero, estos son los datos sobre la proporción de personas que han sufrido uno u otro tipo de acoso. Sin sorpresas.

Y ahora, aquí se reflejan los datos sobre el porcentaje de mujeres y hombres que han presenciado los dos tipos de acoso.

Las proporciones de mujeres en ciencia que han presenciado casos de acoso sexual o por razón de género son cercanas al doble que las proporciones de hombres. Es decir, y dadme mayúsculas más grandes, ELLOS LO VEN LA MITAD QUE ELLAS.
No parece probable que las personas que acosan sexualmente o por razón de género en el mundo académico aprovechen para hacerlo cuando no hay compañeros delante y sí compañeras. Es más razonable pensar que los hombres tienen más dificultades que las mujeres para reconocer este tipo de situaciones, posiblemente, porque las sufren en menor proporción. Tiene sentido: yo tampoco vi la cantidad de aceras demasiado estrechas y rotas que había en mi barrio hasta que tuve que transitarlas en una carrera de obstáculos diaria, primero con un carro de bebé y después con un esguince; esa fue mi operación de cataratas en movilidad urbana. En ciencia, como en otros ámbitos, aún queda trabajo por hacer hasta llegar a una cultura laboral en la que todos y todas vean la carrera de obstáculos que existe a su alrededor en materia de equidad de género.

