Del laboratorio al aula, por curiosidad.

Del laboratorio al aula, por curiosidad.

Aprovecho la primera tarea del curso de Divulgación y Literatura Científica Creativa (DivulCC) para compartir con vosotros cómo me atrapó el mundo de la ciencia y cómo he ido encaminando mi rumbo hacia la divulgación y la educación científica desde edades tempranas.

Me llamo Cristina, tengo 26 años y soy científica. ¿De profesión? La RAE define una profesión como un “empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución”. En mi caso la definición sería aplicable, pero no querría menospreciar a los innumerables estudiantes de doctorado que están haciendo la tesis sin cobrar. Ellos también son científicos. Tampoco se puede decir que sea investigadora por vocación: desde pequeñita me han gustado tanto las ciencias como las letras y, en todo caso, mi principal vocación ha sido siempre comunicadora. Creo que lo más adecuado sería decir que soy científica por curiosidad.

De niña, todo me asombraba. Quería saber por qué brillaban las luciérnagas, cómo cicatrizaban las heridas o si era posible pensar sin palabras. “¿Cómo piensan los bebés que no saben hablar? ¿Podría pensar alguien criado por animales, como Mowgli?” Tenía la cabeza llena de preguntas, algunas de naturaleza puramente empírica, otras filosóficas a más no poder, y siempre con la preocupación de encontrar las palabras adecuadas para expresar mis inquietudes: una obsesión por la precisión del lenguaje que conservo en la edad adulta. En esa época, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, siempre contestaba que escritora.

Muchos científicos recuerdan perfectamente el momento en que se produjo ese “click” en su cabeza que les hizo decidirse por la ciencia. A mi compañera Ángela le pasó después de leer la biografía de Marie Curie. Mi amigo Jaroslaw quedó fascinado con el nitrógeno líquido cuando le llevaron a visitar un laboratorio. En mi caso, el detonante fue una noticia sobre la clonación de la oveja Dolly. A partir de entonces, proclamaba a los cuatro vientos que iba a estudiar genética, sin saber siquiera qué era exactamente la genética. Fui creciendo, escogiendo “taller de matemáticas” o “nutrición” como optativas en la ESO y decantándome por el bachillerato biosanitario. En paralelo, aprendía inglés y francés y me presentaba a todos los concursos literarios que encontraba.

A los 11 años les pedí un microscopio a los Reyes.
A los 11 años les pedí un microscopio a los Reyes.
Al final estudié biología molecular en una universidad que seguía el sistema de “artes liberales”, permitiéndome cursar asignaturas de diversos departamentos: sociología y japonés, a la vez que cálculo, química y mucha biología. Cuánto más aprendía más ganas tenía de seguir estudiando, pero me costaba centrarme en un sólo campo. Al final, me decanté por acercarme a la clínica, y en mi trabajo de fin de carrera estudié una proteína involucrada en el cáncer de colon. Me fascinaban las infinitas posibilidades de las técnicas que usábamos y me divertía enormemente chacharreando en el laboratorio. Sin embargo, al tener que cursar otras asignaturas en paralelo, me frustraba no poder dedicarle más horas. Este deseo de saber cómo sería investigar “a tiempo completo” fue lo que me condujo a empezar el doctorado.

Casi sin darme cuenta, ya estoy en el último año de tesis. Mi grupo estudia el cáncer de vejiga y hemos descubierto un gen que está mutado con mucha frecuencia, pero aún no entendemos bien qué función tiene. Los estudiantes de doctorado nos solemos centrar en un gen o proteína, del que egoístamente nos apropiamos, hasta el punto de pecar de posesivos y hablar de él como nuestro. “Mi gen, mi proteína”. A nivel molecular, estos genes suelen estar involucrados en varios procesos, y en una tesis normalmente estudiamos sólo unos pocos. Investigar supone centrarse en uno de los millones de engranajes que componen la vasta maquinaria del sistema que se estudia, dejando de lado el resto. Para alguien como yo, esto es un arma de doble filo: por una parte, me obsesiona entender mi tema lo mejor posible, pero también me frustra no tener tiempo para seguir aprendiendo otras cosas.

Como intuiréis, durante el doctorado no me he dedicado sólo a investigar. Al fin y al cabo, si fuera así no estaríais leyendo esto. Mi pasión por la comunicación ha seguido ahí todo este tiempo. Empecé haciendo visitas guiadas en mi centro de investigación. Estudié un postgrado en comunicación científica a distancia. Cada vez estaba un poco más convencida de que mi futuro no está en un laboratorio, sino en la calle, aprendiendo y tratando de transmitir mi pasión por la ciencia. Este batiburrillo de intereses acabó cuajando en Escuelab, una asociación sin ánimo de lucro que busca disminuir la brecha existente entre la ciencia y la sociedad españolas. A día de hoy, aquella niña que primero quería ser escritora y luego genetista ha descubierto que, en el fondo, no es más que una comunicadora científica y emprendedora social tremendamente curiosa.

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