Los grandes errores en Ciencias / Sebastián Muriel

Los grandes errores en Ciencias / Sebastián Muriel

Fue difícil convencer a la jerarquía de la Iglesia de que la Tierra no era el centro del Universo. Tuvo que pasar más de un milenio para que se admitiera que la velocidad en caída libre de un cuerpo no depende de su masa. Newton no admitió nunca la teoría ondulatoria de la luz. Ramón y Cajal estableció la teoría de la neurona y se las vio y se las deseó para convencer a sus contemporáneos – entre ellos a Golgi – de que el tejido nervioso consistía enteramente de células nerviosas y sus numerosas prolongaciones. Darwin y su evolucionismo han necesitado algunos siglos para asentarse de forma definitiva. Pasteur tuvo que utilizar todo su prestigio para hacer que los médicos (cosa difícil de conseguir porque él no tenía el título aún) hirviesen los instrumentos y pasasen las vendas por vapor, para matar los gérmenes y prevenir la muerte por infección en los hospitales.

            Durante siglos se creyó que todo el espacio estaba lleno de un éter luminoso y para Aristóteles era el quinto elemento detrás de la tierra, el aire, el agua y el fuego. Se creía que el éter no se movía, que era la Tierra la que lo recorría. Casi a finales del siglo XIX, Michelson y Morley fracasaron en su intento de medir la velocidad de la luz respecto al éter. Al no encontrarla, tras rigurosas precauciones para evitar errores se admitió enseguida que el éter luminoso no existía. El tiempo demostró que haber admitido la existencia de tal sustancia fue sin duda una gran equivocación en la historia de la ciencia.

            Errores y malas interpretaciones mezclados con grandes descubrimientos. La propia existencia de la humanidad conlleva la presencia de errores y aciertos, de sombras y de luces. Aciertos y errores se  convierten así en una buena senda de aprendizaje. Aunque no resulte demasiado consolador, el tiempo, juez implacable, termina por situarnos en el sitio que nos corresponde.

            Una de las grandes herramientas que han permitido el progreso de las ciencias experimentales y de los avances sociales han sido los laboratorios. En ellos – públicos y privados, individuales o colectivos, institucionales o familiares – se ha generado infinidad de progreso y civilización, multitud de descubrimientos, sorprendentes hallazgos, abundancia de preguntas con profusión de respuestas. El Universo en su inmensidad ha sido siempre un excelente laboratorio. El experimento o el fenómeno repetido una y otra vez contrasta hipótesis y confirma o descarta teorías. Einstein decía que su laboratorio lo llevaba debajo del sombrero, pero no todos podemos decir lo mismo.

En la actualidad, en el corazón de la cordillera del Jura, justo en la frontera entre Francia y Suiza, el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN) ultima los trabajos de reparación del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), el acelerador de partículas más grande y potente del mundo. Es el “laboratorio de los laboratorios” construido por el ser humano.

Clamaremos en el tiempo y en el espacio por el normal funcionamiento de laboratorios en primaria y secundaria. ¿Será este el gran error de las Administraciones Educativas en la enseñanza de las ciencias del siglo XXI? ¿Qué papel están desempeñando Ministerio y Consejerías de Educación en la adquisición de conocimientos prácticos – alfabetización científica – de la ciudadanía?¿Porqué se disminuyen cada vez más los horarios de las materias de ciencias en la Educación Obligatoria?¿ Porqué siguen cerrados o infrautilizados un buen número de los laboratorios existentes en escuelas e institutos ?¿Para cuando un reconocimiento y un impulso estatal de la perspectiva práctica de las enseñanzas científicas desde edades tempranas?.

Hoy más que nunca sigue estando vigente la reflexión: “Escucha y olvidarás; observa y recordarás; realiza y comprenderás”.

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