Louis Leakey, entre los australopithecus y el colonialismo

Louis Leakey, entre los australopithecus y el colonialismo

Reza un dicho que cuando Europa se expandió por el mundo, primero enviaba soldados, después misioneros y por último antropólogos. Dentro de sus competencias cada uno coadyuvaba al mismo designio colonizador: los primeros se encargaban de someter a los aborígenes por la fuerza; los segundos, de controlar sus almas; y los terceros, de estudiar su cultura para manejarlos mejor. La vida de Louis Leakey ilustra el dicho doblemente: hijo de un misionero británico radicado en Kenya, parecía destinado a heredar la vocación paterna hasta que se decantó por la antropología.

Toda su trayectoria estuvo marcada por el colonialismo; de hecho, el acceso a la garganta de Olduvai donde cosecharía sus mayores éxitos le vino dado como botín de guerra. Porque Tanganika, como se denominaba el territorio donde se localiza el yacimiento, perteneció a Alemania hasta que la derrota del imperio del Káiser en 1918 determinó que pasase a formar parte del África Oriental Británica. Allí, pocos años antes de la contienda, geólogos germanos habían encontrado restos de homínidos, pero las hostilidades les impidieron seguir excavando. En 1931, Leakey conoció esos fósiles en un museo berlinés y resolvió explotar el filón de Olduvai.

Fueron tiempos de trabajo duro. Él y su esposa Mary desenterraron hachas de piedra antiquísimas y osamentas de fauna prehistórica, pero los homínidos brillaban por su ausencia. En el interín, y para ganarse la vida, se implicó en la administración colonial. Obtuvo un subsidio para estudiar la etnia kikuyu, la más numerosa de la región, un dinero que le permitió financiarse mientras buscaba fósiles. Comenzó así a labrarse una fama de conocedor de ese pueblo de pastores, cuyos derechos al principio defendió ante sus conflictos con los colonos que usurpaban sus tierras. El estallido de la Segunda Guerra Mundial y las operaciones militares contra los italianos de la vecina Abisinia le llevaron a cumplir tareas de inteligencia, ocupándose de interrogatorios y de movilizar a los kikuyus contra las fuerzas del Duce, dedicándose a las excavaciones en sus ratos libres.

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La prueba mayor estaba por venir. En sintonía con la efervescencia anticolonial que recorría el Tercer Mundo, en 1949 un grupo de kikuyus y massai formó la sociedad secreta Mau Mau, conjurada a liberar a su patria del yugo extranjero mediante la lucha armada. Leakey había afirmado que el dominio de 50.000 blancos sobre cinco millones de nativos resultaría insostenible y proponía un gobierno multirracial y una reforma agraria. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. A la hora de la verdad, tomó partido por el poder colonial.

El investigador colaboró en la represión en calidad de asesor en inteligencia. Con otros expertos desarrolló un sistema de “screening para que la policía pudiera detectar si un kikuyu pertenecía a los Mau Mau. En paralelo, invocó su autoridad de antropólogo para teorizar acerca de las causas de la insurrección. En un libro sostuvo que los kikuyu se rebelaban porque el choque con la modernidad les había alterado y recomendaba corregir ese desequilibrio mediante una paternal mezcla de educación, religión y entretenimiento. ¿Cómo se aplicó su paternal consejo? Mediante reasentamientos forzosos de las tribus en “campos de reeducación” (léase: reservas sometidas a un implacable régimen policial), anticipando la estrategia que Estados Unidos aplicaría más tarde en Vietnam. Los Mau Mau, argumentaba Leakey, no se alzaban porque estuvieran oprimidos sino por trastornos psicológicos. Al deslegitimar con un diagnóstico etnopsiquiátrico lo que era una lucha por la liberación nacional prestó una valiosa ayuda a la propaganda oficial.

A las matanzas de los salvajes (32 colonos y 800 africanos muertos por los rebeldes) los civilizados respondieron con atrocidades sin cuento. La crónica rosa gusta destacar que en esa época, en 1952 para ser precisos, Isabel de Inglaterra, de vacaciones en Kenya con su marido Felipe, subió al exótico hotel TreeTop como princesa y descendió como reina, pues arriba le sorprendió la muerte de su padre, el rey Jorge VI. Lo que no dice es que bajo el hotel arbóreo, en la sabana, las tropas de Su Graciosa Majestad desencadenaban una guerra sucia que duraría ocho años y se saldaría con 90.000 kenianos ejecutados, torturados o lisiados y 160.000 detenidos. A resultas de la presión militar, los poblados-prisión y el “divide y vencerás” fomentado por los británicos, los insurgentes fueron vencidos. Entretanto, los Leakey recogían el fruto de su tenacidad con el Australopithecus boisei, un hallazgo que empujó el origen del género humano 1.750.000 años en el pasado (entonces se pensaba que no pasaba de 100.000 años).

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Al igual que los franceses en Argelia, en Londres comprendieron que las bayonetas no asegurarían su dominio en el mediano plazo y en 1963 concedieron la independencia a Kenya (el mea culpa por las brutalidades cometidas tardaría cincuenta años en llegar). Gracias a la política de reconciliación del presidente Jomo Kenyatta, los blancos permanecieron en la flamante nación sin problemas. Leakey vio asegurada su posición tras reunirse con Kenyatta (al igual que él, un antropólogo formado en Inglaterra por Malinowski), y pudo continuar con sus expediciones a Olduvai (ahora Tanzania) y descubrir una especie homínida, Homo habilis, entre otros notables logros.

Una vida digna de Indiana Jones, sin dudas, y un recordatorio de las tensiones entre ciencia y poder cuando las papas queman. En tiempos de paz, Leakey cultivó una postura equidistante criticando la faceta más odiosa del colonialismo, pero en el momento crucial se volcó con el bando opresor. En su persona se confunden el cazador de fósiles que revolucionó el árbol genealógico de la humanidad y el antropólogo que puso su saber al servicio de una política racista y despiadada.

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