Energía, periodistas y credibilidad

Energía, periodistas y credibilidad

Manuel_Chaves_NogalesEl jueves 25 de octubre, en el Ministerio de Industria, el Consejo de Seguridad Nuclear organizó una jornada para dar cuenta de los resultados de las pruebas de resistencia hechas a las centrales nucleares españolas. En esa jornada hubo una mesa redonda sobre credibilidad, diálogo y participación, a la que invitaron a la AECC. Esta fue mi intervención.

Buenos días. Muchas gracias al CSN por organizar este acto y por pensar en mí para participar en él. No tanto en mí, sino en lo que represento, en los periodistas. Creo que es importante, en una mesa sobre credibilidad y participación, la presencia de periodistas.

¿Se acuerdan ustedes de qué era la credibilidad? ¿A alguien le queda un poco? Según el diccionario de la Academia, fuente de todo saber, la credibilidad es la cualidad de creíble. A su vez, creíble quiere decir que puede o merece ser creído. Y creído se define como dicho de una persona: Vanidosa, orgullosa o muy pagada de sí misma.

Por ahí no debe ser. Si buscamos el verbo creer, encontramos siete acepciones, y alguna nos cuadra mejor con lo que buscamos: 1) Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. 2)  Dar firme asenso a las verdades reveladas por Dios. 3) Pensar, juzgar, sospechar algo o estar persuadido de ello. 4). Tener algo por verosímil o probable. 5) Dar asenso, apoyo o confianza a alguien. 6) Creer en Dios. Y, por fin, en séptima acepción, usando el verbo en su forma pronominal Dar crédito a alguien. Que es de lo que estamos hablando, de dar crédito a alguien o a algo.

Y así, finalmente, los periodistas tenemos algo que ver con el crédito, aunque sea con este. Porque, en buena medida, somos el vehículo a través del cual ese crédito pasa de mano en mano

A los periodistas no nos corresponde decir, como periodistas, cómo ha de ser el mix energético o la política energética. No nos corresponde a nosotros decir que los tres pilares de toda política energética, la seguridad de suministro, el precio y los condicionantes ambientales, han de ser tenidos en cuenta y valorados por la sociedad. Pero sí debemos saberlo, sabiendo además que pueden ser contradictorios.

La contribución de los periodistas al diálogo y a la participación, y sin duda al incremento del crédito, en mi opinión, ha de ser la de contar, por supuesto con rigor, las consecuencias de las distintas posibilidades, y para eso tenemos que hacer nuestro trabajo consultando fuentes, jerarquizándolas, permitiendo que los ciudadanos estén informados y puedan formarse su propio criterio. Su propio criterio, no el nuestro, no el de las fuentes que mejor nos caigan o con las que simpaticemos. Y sabiendo que, como los pacientes de House, todas fuentes son interesadas y susceptibles de ser laxas con la verdad.

Por eso, lo primero que tenemos que saber los periodistas es de qué hablamos. Por eso, creo firmemente en la especialización en la información. Hay que tener historia, conocimientos, contactos y criterio para hacer bien una información. Sabiendo qué papel debe jugar cada pieza en el rompecabezas de la información: la historia, los conocimientos, los contactos y el criterio.

También por esta razón considero que tenemos que tratar la información energética de manera desideologizada, algo no siempre sencillo. ¿O es que estamos seguros de que cerrar nucleares es de izquierdas, como hace Angela Merkel? O como parece, le va a tocar al gobierno de Rajoy, como ya hizo el de Aznar. ¿O instalar muchas es de derechas, como en China? ¿O son de izquierdas los inversores estadounidenses que protestan por la retroactividad de las primas a la solar? Evitemos los apriorismos y prefiramos el análisis, huyamos de los encasillamientos y miremos con los ojos de la razón. Para ser creíbles necesitamos menos ideología por tecnologías y más política energética.

Y, como periodistas, también debemos de ser críticos e independientes de las fuentes y de nuestra propia opinión, de nuestros sentimientos. Sobre todo de nuestros sentimientos. Claro, tenemos ideas, corazón e ideología, pero nuestra labor es informar, permitir que otros se creen su propio criterio, no contaminarles con el nuestro.

Dado que la sociedad se ve tan concernida por estas decisiones, es necesario que tenga la información. El diálogo informado y la participación, sin duda, pueden ayudar a la credibilidad, aunque lo que más ayuda a la credibilidad es decir siempre la verdad. Y lo que es malísimo para la credibilidad es cambiar de verdad cuando conviene.

A la salida de un concierto de música clásica, le preguntaban en una televisión gallega a un espectador que qué le había parecido. Muy serio, respondió: ay, señorita, si le dijera la verdad, le mentiría”. Con frecuencia se dicen verdades mentirosas y eso, antes o después, acaba con la credibilidad. Y esa falta de credibilidad es muy contagiosa, y así, me temo, los ciudadanos dudan de lo que dice la administración, las empresas, los grupos ecologistas, los investigadores y cualquiera. Y, desde luego, de lo que decimos los periodistas. No estamos en un buen momento para la credibilidad, porque se nos ha olvidado que hay que decir siempre la verdad.

Cuando un candidato a la presidencia de Estados Unidos engaña a su mujer y tiene que dejar la carrera presidencial no ha de hacerlo por una cuestión de honestidad, si no de honradez. No por adúltero, por mentiroso. Me temo que nosotros no somos así.

Además, estamos en un momento especialmente complejo en el que la crisis abona el camino de la demagogia, otra enemiga jurada de la credibilidad. Por ejemplo, y en lo que respecta al mundo de la energía, la sociedad tiene que saber qué cuestan las cosas, qué supone que haya más o menos nucleares, cuánto cuesta de verdad la nuclear, la eólica, la fotovoltaica o el carbón y qué otras implicaciones y servidumbres tiene cada una de ellas. Y eso ha de contarse de manera creíble, cierta. Y luego, tomar las decisiones y apechugar con las  consecuencias, porque, que quede claro, no hay decisiones impunes, no hay decisiones sin consecuencias. Ni, desde luego, no tomar decisiones, lo que, de hecho, ya es tomar una, con frecuencia la peor.

Me gustaría, para terminar, hacer un llamamiento a los actores principales para que hagan un esfuerzo de información. Y, si puede ser, de credibilidad. Estas cuestiones de le energía, cuestiones políticas, en el mejor sentido de la palabra, fundamentales para la sociedad, han de ser dilucidadas por la ciudadanía y por sus representas con el mejor criterio posible, con la máxima información y con todo el rigor.

Y en esto, los periodistas tenemos que tratar de ser como Manuel Chaves Nogales, el periodista que inventó en España, treinta años antes que Truman Capote y Gay Talesse, eso del nuevo periodismo. Tenemos que ser, digo, como Chaves Nogales, si ello es posible. De él dice Antonio Muñoz Molina que “no se casaba con nadie. En su integridad intelectual, en su independencia política, en su radical toma de partido por los seres humanos de carne y hueso frente a las abstracciones genocidas de las ideologías de su tiempo, el comunismo y el fascismo, a la altura de Chaves Nogales solo está George Orwell”. Ya me gustaría que los periodistas de hoy fuéramos como Chaves Nogales, aunque no creo que sea posible. Pero, al menos, deberíamos intentarlo.

Muchas gracias

 

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