El (nada) extraño caso del niño que iba a todas las actividades de divulgación científica

El (nada) extraño caso del niño que iba a todas las actividades de divulgación científica

Desde los años 90, las actividades para reforzar la educación científica de los escolares a través de acciones de divulgación científica se han consolidado en nuestro país. Universidades, centros de investigación, fundaciones, museos y otras entidades organizan de forma sistemática cientos de actividades de educación no formal o informal (talleres, concursos, ferias, encuentros con científicos, etc.) para mejorar la cultura científica y aumentar el interés por la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) en niños y niñas entre 5 y 18 años. Como ejemplo de esfuerzo, FECYT dedica cada año más de 1 millón de euros a financiar a otras entidades actividades de este tipo a través de la Convocatoria de ayudas de cultura científica. Por su parte, los 26 museos de ciencia y planetarios de España centran buena parte de su actividad (y recursos) en los más jóvenes y existen programas específicos de educación científica en fundaciones privadas como la Fundación Bancaria “la Caixa” o la Fundación Telefónica, que fomentan las competencias científicas y persiguen fomentar vocaciones científicas.

Una gran parte de estas actividades se ofertan como “abiertas a todos los centros educativos” o de “inscripción libre hasta completar aforo”, como ocurre también con otras actividades culturales para estudiantes. Se publican en las web de las entidades, en algunos medios y se envían por correo electrónico a los centros educativos. En estos casos, las entidades que organizan estas actividades no realizan ninguna selección del tipo de alumno, aduciendo en algunos casos que  “lo importante es la participación de todos y la difusión de la ciencia”.  Ahora bien, que los que organizan las actividades no seleccionen al alumno significa, en realidad, que otros hacen la selección por ellos. Y estos no son otros que los centros y sus profesores, y en menor medida los padres, que finalmente apuntan al estudiante al taller, a la feria o a la visita al Museo.

Fuente: CAB-INTA
Fuente: CAB-INTA

Esta situación conlleva sesgos de selección del alumnado que pueden estar impidiendo que las actividades de educación científica informal y no formal lleguen a todos los estudiantes. Por un lado, se produce un sesgo en la escuela: los alumnos que finalmente participan pasan a depender del interés o motivación del profesor de ciencias que ese año les da clase o de los directores del centro. En principio, este tipo de  “profesores motivados” puede trabajar en cualquier centro educativo, pero en la práctica abundan más en centros con condiciones más ventajosas, de zonas con mejores condiciones socioeconómicas y de ciudades más grandes. Bien por tener más fondos para asumir los costes de las actividades (aunque sean mínimos), como es el caso de la mayoría de centros privados o concertados, o bien porque el entorno de la escuela favorece AMPA y proyectos educativos con estas actividades extraescolares o complementarias a la educación formal. Además, dejar en manos del centro educativo la selección del alumno conlleva el riesgo de que estos acaben eligiendo a los más motivadas o los de mejor rendimiento, que siempre estarán más dispuestos a participar.

Por otro lado, se produce un sesgo de selección en las familias: aquellas con mayor capital sociocultural tienden a apuntar más a sus hijos  a estas actividades cuando participar depende de su interés, ya que tienen acceso a más información de actividades de ocio educativo para sus hijos, así como mayor predisposición a realizar el esfuerzo de apuntarse.

Aunque existe una falta de estudios amplios y consistentes que nos digan qué tipo de alumnos participan en las actividades de educación científica, a la luz de los sesgos que mencionamos, podemos hacernos una idea del tipo de persona que participa en ella.  Y el retrato robot de este niño sería el de un alumno ya interesado y motivado, con buenos resultados académicos, con mejores condiciones socioeconómicas y de una ciudad mediana o grande. Exagerando un poco, se podría decir que hay un niño que va a todas las actividades de divulgación científica: a la visita al Museo de Ciencias con su colegio y luego con sus padres, a los talleres de robótica o programación, a la visita al centro de investigación y presenta su proyecto en la feria de la ciencia de su región.

Por tanto, esta manera de ofrecer actividades para que participen los niños y jóvenes, aunque es equitativa desde un punto de vista formal, puede estar dejando al margen determinados grupos de estudiantes, principalmente a aquellos que proceden de entornos más desfavorecidos, pero también a los alumnos  con menor rendimiento, con necesidades especiales o de entornos más rurales.

En lo que se refiere a los  alumnos con peores condiciones socioeconómicas,  su baja participación en estas actividades  que pueden aumentar sus conocimientos vendría a reforzar su falta de oportunidades tal y como ponen de manifiesto  los estudios PISA, que nos dicen que el factor que más incide negativamente en el rendimiento académico de un alumno es la condición socioeconómica baja de su familia. Según un estudio de la OCDE basado en los informes de PISA, “el 40% de los estudiantes de familias desfavorecidas en España registra un bajo rendimiento en matemáticas, frente al 8% de los alumnos favorecidos que no alcanzó la considerada ‘competencia básica’”.

Curiosamente, se da la paradoja de que algunos estudios sobre el impacto de las actividades de divulgación en los más jóvenes (entendiendo como impacto la manera en la que la asistencia a dichas actividades puede incentivar las vocaciones científicas), apuntan a que el impacto de dichas actividades es mayor en alumnos que proceden de entornos desfavorecidos.  Un estudio realizado por FECYT, Fundación Bancaria “la Caixa” y everis en 2013 y 2014 con 1.500 estudiantes de 3º y 4 º ESO señalaba que el interés en estudiar STEM de los alumnos de entornos socioeconómicos más desfavorecidos aumentaba un 9,51% después de haber participado en la actividad de divulgación científica, frente a un impacto no significativo en los alumnos de entornos socioeconómicos de nivel alto.  El estudio también indicaba que el impacto es mayor en los alumnos de bajo rendimiento escolar y en los indecisos que participaron en las actividades, que en ese estudio consistieron en una visita a un Museo de la Ciencia y un encuentro con un científico.

 

Fuente: CSIC

Fuente: CSIC

Algunas organizaciones que realizan actividades de divulgación para jóvenes y niños se han dado cuenta y están poniendo en marcha acciones dirigidas a un grupo de alumnos específico.  Este es el caso del programa “Astronomía accesible” del Instituto de Astrofísica de Andalucía para personas con problemas de visión; también existen programas que dan preferencia a públicos rurales, como “Somos Científicos” o el proyecto de ciencia ciudadana “Melanogaster Catch the Fly” dirigido a estudiantes de  pueblos Ciudad Real y Jaén. También hay iniciativas que seleccionan directamente a alumnos de zonas desfavorecidas, como “Ciencia en el barrio”, un proyecto que el CSIC desarrolla en centros de enseñanza de distritos con más riesgo de exclusión social de Madrid.  Además, hay iniciativas muy necesarias que buscan aumentar el interés por estudiar STEM en las niñas y adolescentes mujeres, que siguen eligiendo menos las profesiones de ingeniería y matemáticas.

Fuente: FECYT
Fuente: FECYT

Sería poco recomendable que todas las actividades seleccionen a los alumnos más desfavorecidos o de menor rendimiento. También tiene que haber actividades para consolidar el interés de los alumnos más aventajados, que necesitan iniciativas tan exitosas como los “Campus Científicos de Verano” o los programas para talento matemático, Estalmat.  Pero quizá sea el  momento de reflexionar sobre si debemos establecer algún criterio, e incluso cuotas, para seleccionar a una parte de los  alumnos que participan en las actividades que se organizan para mejorar la educación científica de las generaciones futuras, a las que tanta dedicación y recursos públicos estamos dedicando. O al menos realizar acciones específicas para motivar la participación de centros educativos y familias de entornos más desfavorecidos o alejados de los grandes centros de ciencia.  Se lo debemos a los niños que nunca conocerían un científico o visitarían un laboratorio si no fuera por ellas.

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