Reseña del libro – Periodic Tales: The Curious Lives of the Elements de Hugh Aldersey-Williams

Reseña del libro – Periodic Tales: The Curious Lives of the Elements de Hugh Aldersey-Williams

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Cuando los nazis llegaron al poder en Alemania, dos de los físicos más preeminentes de este país, Max von Laue y James Franck, galardonados con sendos premios Nobel, se vieron ante un dilema: su oposición abierta al régimen de Hitler hacía presagiar represalias, y esto podía implicar la confiscación de sus respectivas medallas. Ante la incertidumbre, decidieron mandar sus galardones a Copenhague para que los custodiase el también premio Nobel de física, el danés Niels Bohr.

A principios de 1940 el ejército alemán decidió invadir Dinamarca y Noruega con el propósito de proteger la entrada al mar Báltico por el estrecho de Oresund ante cualquier contraofensiva marítima británica. Esta vez le tocó a Bohr estar en un apuro: El descubrimiento de las medallas con los nombres de científicos contrarios al régimen nazi podía levantar sospechas. Y por si fuera poco, la exportación de oro alemán estaba terminantemente prohibida. La vida de sus compañeros alemanes estaba en riesgo.

Algunos colegas del Instituto de Física Teórica de Copenhague le sugirieron a Bohr enterrar las medallas pero, por ser tratamiento poco noble para tan preciado reconocimiento, éste prefirió utilizar una astucia de los tiempos de la alquimia: disolver las medallas en aquea regia, una mezcla corrosiva de ácidos capaz de corroer metales. Las tropas alemanas llegaron a registrar y saquear el laboratorio de Bohr pero no encontraron nada de valor, solo algunos matraces con líquido parduzco. Estos sobrevivieron la guerra y el oro que contenían fue extraído, mandado a Suecia y moldeado de nuevo en medalla Nobel para los laureados Franck y Laue.

Está claro que el uso de la alquimia paga, también para un insigne físico nuclear. Hugh Aldersey-Williams, autor del libro “The Periodic Tales: The Curious Lives of the Elements”, basa su relato en este tipo de anécdotas científicas e históricas en una peregrinación cultural a través de las columnas y periodos de la tabla de los elementos químicos. Y es que éstos no se limitan a ser irreductibles átomos genialmente clasificados por el químico ruso Dmitri Mendeléyev a razón de su número atómico. En muchas ocasiones se han fugado de sus angostas y apiladas casillas para dejar un rastro trascendental en nuestras culturas.

Desde tiempos de Lavoisier los químicos se obstinaron  a clasificarlos, pero ellos siguían rodeado de un aura de misterio debido principalmente a su idiosincrasia y los enigmas físico-químicos que los rigen. Y es que lo verdaderamente asombroso de esta tabla es que consigue abarcar todos los elementos descubiertos en la naturaleza o sintetizados en los laboratorios. Y es precisamente el carácter predictivo de su número atómico y de sus características el que hace que se conviertan en potentes símbolos culturales.

La impronta cultural del oro como metal precioso hace que acabe sobre nuestras tarjetas de crédito, los discos que recompensan a nuestros mejores músicos o las medallas que exhiben nuestros atletas. Sin embargo este metal no ha sido el único en engendrar recelos y avivar la codicia de los poderosos. Aldersey-Williams nos recuerda que si bien algunos imperios estuvieron erigidos sobre puntales de oro, otros más antiguos se basaron en el bronce (mezcla de estaño y cobre) o el hierro. Hoy, los potentados se apoyan sobre combustibles de carbón y chips de silicio o se esconden simplemente detrás de trastos confeccionados con lantánidos.

Otros elementos también se incorporan al relato y lo revitalizan. Es el caso del radio. En su estado puro es un metal de color blanco brillante que se ennegrece cuando se expone al aire. A finales del siglo 19 se usaba en pinturas luminiscentes para relojes y otros instrumentos de metal. A principios del siglo 20 se popularizaron los efectos “benéficos” del radio sobre la salud. Empezó a emplearse en pasta de dientes para reforzar el brillo del esmalte, diluido en aguas termales para estimular los músculos y en una miríada de medicinas y productos de higiene, incluso cosméticos para vigorizar la piel.

Este entusiasmo por el radio no duró mucho. Y es que, aparte de su aspecto luminiscente, el radio es un millón de veces más radiactivo que el uranio. Solo se empezó a notar este efecto deletéreo cuando decenas de personas que trabajaban pintando relojes con este compuesto y que usaban sus labios para moldear el pincel empezaron primero a perder los dientes y luego morir de cáncer.

Hugh Aldersey-Williams ha escrito un libro esencial para el entendimiento de los elementos de la tabla periódica, entretenido, bien argumentado y lleno de referencias a los aspectos históricos y culturales que los rodean. El libro hace justicia al tema y nos presenta los aspectos de la química y de los elementos desde un punto de vista personal. El elemento vertebrador del texto es la colección de elementos del autor y los experimentos que lleva a cabo él mismo y que nos relata con entusiasmo. El encajar historias tan diversas bajo una misma narrativa no es tarea fácil pero el autor lo consigue con creces.

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