Algunas cosas nunca cambian

Algunas cosas nunca cambian

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Emmy se levanta por la noche. Intenta coger las estrellas con sus dedos y el cielo se le escurre entre las manos. Como también se le deslizan las frustraciones. Está harta de la férrea ley de la Universidad de Erlangen (no muy distinta de otras también en Alemania, o en todo el mundo) que en 1898 aseguraba que el ingreso de mujeres “destrozaría todo orden académico” y, pese a haber conseguido que la acepten (sin derecho a examinarse y gracias a que su padre es profesor de matemáticas), está cansada de ser la única mujer entre 984 estudiantes. Ya no le importa que se haya doctorado cum laude en 1907, que publique en los más prestigiosos tratados del momento o que la hayan nombrado miembro del Circolo Matemático de Palermo o de una institución similar en su tierra, Alemania. La verdad es que Emmy está cansada de ir a trabajar a la universidad cada día y ser solo el reemplazo de su padre…Y no cobrar nada por ello.

A Emmy le molesta la ventana, pese al frío, abre las hojas de cristal y se detiene a mirar una estrella, la más lejana que pueden atrapar sus ojos. Comienza descartando astros, cuerpos, planetas, evita constelaciones y se aleja cada vez más de la Vía Láctea. De pronto, a millones de años luz, a miles de millones de años luz, un brillo se queda anclado en su pupila. Emmy sabe que la luz que le llega fue emitida hace millones de años. Miles de millones de años. Pese a ello la radiación le permite deducir la genética de la estrella: cada elemento, como una huella dactilar, emite una radiación que es similar en la Tierra, en Alfa Centauro o en los confines del universo y gracias a esta emisión, los astrónomos deducen la proporción de hidrógeno, helio u otro elemento presente en la estrella, su genética. Y entonces, con la ventana abierta, el frío en el cuerpo y los ojos a millones de años luz se da cuenta. Si la luz que ella percibe ahora, fue emitida cuando ni siquiera la Tierra o el Sol existían y aún así se basa en la misma clave que permite deducir la composición de un elemento en el presente, quiere decir que en miles de millones de años, las leyes no han cambiado. La física sigue siendo la misma y la energía se conserva. Esto resolvió una de las dudas que dejaba en el aire la teoría general de la relatividad y fue el propio Albert Einstein quien, al leer su trabajo aseguró que ella era “un pensamiento matemático penetrante”. Una pena que no se lo haya dicho a ella, sino al profesor David Hillbert de la Universidad de Gottingen.

A Emmy no le importó tampoco esto. Hillbert se encontraba entre sus mentores. Fue él quien la llevó a la Universidad de Gottingen y quien se peleó con el consejo universitario para que sea nombrada profesora, pese al rechazo a que una mujer formara parte del claustro: “No veo por qué el sexo de la candidata es un argumento en contra de su nombramiento como docente – aseguró el propio Hillbert en una reunión del rectorado –. Después de todo no somos una casa de baños”.

Emmy recuerda que fue nombrada profesora “extraordinaria y no oficial”, sin derecho a sueldo. Se ríe cuando lo recuerda. No le valió de nada. Tanto como haber sido invitada como profesora visitante en la Universidad de Moscú, o como ponente en el Congreso Matemático Internacional de Bolonia, o al Internacional de Zurich…Tampoco el premio Alfred Ackermann. Cuando Hitler subió al poder, una judía, liberal, pacifista y con una mente privilegiada era un blanco fácil. Huyó a Estados Unidos, a una universidad para mujeres (otra risa amarga), hasta que terminó en Princeton. Al mismo tiempo que Albert Einstein.

Emmy cierra la ventana. Sabe que es la última noche que pasará en Alemania desde que regresó para cerrar su casa y hacerse una intervención quirúrgica menor. Mañana por la noche regresará a Estados Unidos y a sus clases, con matemáticos, con estudiantes. Algunos serán mujeres, otros hombres…a nadie le importará el sexo de la pizarra. Emmy ha escuchado al opinión que tienen de ella sus alumnos o sus colegas. Casi se ruboriza al saber que Jean Dieudonne afgirmaba que era “la mejor matemática de su tiempo, y uno de los mejores matemáticos (hombre o mujer) del siglo”.

Cierra la ventana y se mete en la cama. Mañana debe levantarse temprano ya que la esperan en el hospital. Sueña con funciones, con álgebras imposibles y conjunto infinitos.

Emmy Noether murió el 14 de abril de 1935 cuando era intervenida en una operación de rutina. Los médicos señalaron un violento proceso vírico como el culpable.

Pese a que su mente revolucionó el campo de la física y nuestros conocimientos de álgebra, su cuerpo era el de una mujer y luchó toda su vida para señalar que las fórmulas no tienen sexo.

 

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